Aubrey y Maturin

Después de casi terminar de leer la saga editada en España (20 libros del ala), les escribo a mi querido capitán (comodoro, capitán en tierra caído en desgracia, marino mujeriego y torpe, decididamente inteligente en la mar) y a mi querido cirujano (espía filántropo, hombre sensible, inútil para los ritos mundanos, no muy limpio si no es para operar, naturalista obsesivo, y adicto a algunas sustancias tales como las hojas de la coca y el láudano).

Se acaba. Esto se acaba. Apenas inicio Azul en la mesana y ya me cuesta despedirme de Maturin y Aubrey. No porque sean libros inmejorables, ni porque yo sea una apasionada de la navegación y los mares (soy de tierra adentro, de sol recalentando las espigas, de encinas y toros bravos, de cielos amplios y llanuras grandes). No porque su prosa sea perfecta, exacta, maravillosa (si acaso las descripciones del mar y los barcos, el desembarque en tierras ignotas, las maravillas de Isla Desolación, las velas blancas al viento y esos atardeceres morados y esos amaneceres bermellones). No porque la atención se mantenga en cada una de sus aventuras, a ratos un poco densas, entremezcladas de maniobras marineras, falúas, jabeques, drizas, coyes, masteleros, vergas, guardias de cuartillo… no. La eterna guerra contra Bonaparte. Las escaramuzas como corsarios. Las persecuciones a los negreros. La vida en la campiña inglesa, en el siglo XVIII, en una casa grande, destartalada, llena de criados que fueron marinos y friegan y restriegan los suelos con arenisca, ayudados de lampazos. La dura vida en un barco de la Armada Real Inglesa, hambre, borracheras, muertes, amputaciones y batallas brutales. No.

Por Aubrey y Maturin. Tiernos y fuertes, débiles como seres humanos, hermosos como personajes literarios. Por los paisajes. Por Jonia. Por Argelia. Por Mahón. Por Malta. Por los secundarios que los acompañan. Clarisa Oakes, las dos niñas de la isla de Sándwich. Reade, el joven marino manco. Killick, el despensero gruñón y fiel. Borden, el timonel leal. Pullings, el joven capitán. Diana, la amada de Maturin, independiente, salvaje, luchadora y atípica. Sophie, la esposa de Aubrey, timorata, pero adorable, Christine…

Ha estado bien conocerles. Cuando empecé a leer Capitán de mar y guerra, gracias a Coy ( Manuel Coy, de La carta esférica de Arturo Pérez Reverte, que leía el libro en una pensión de Barcelona mientras pensaba en Tánger y en la maldita suerte), creí que me hubiera fascinado a los 16. Ahora me retracto. El primer libro, sin duda. Me hubiera hechizado. Después, no. No hubiera tenido la paciencia de seguir al capitán (que está un poco obeso y se empeña en subir más alto de la cofa, más) ni al cirujano en sus exploraciones por África (que es bastante desaliñado y tiene la mala costumbre de atesorar especimenes en alcohol, que a lo largo de las millas marinas, por obra y gracia de la tripulación, se convierte en agua). Así que me alegro de haberlos descubierto ahora, digamos, unos cuantos años después.
Levanto mi copa, con el mejor oporto que jamás hayan bebido Aubrey y Maturin, mientras saboreo las tostadas con queso fundido preparadas por Killick y me relamo con el perro moteado del cocinero. Por vosotros. Hagámonos a la mar. No hay un minuto que perder.

Comentarios

Belinda L. Black ha dicho que…
Menos mal que has explicado quién es Coy, que lo mismo no hubiera caído... jejejejeje...

Ya te has terminado LCE??

Pos yo me he comprado los libros de Terry Pratchett, ea, sobre las aventuras de Mundodisco...
Isabel Romana ha dicho que…
Pues mira, yo sigo sin conocerlos... Besitos, querida e intrépida amiga.
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Ays Belinda. Ya me contarás. ¿A que no sabías quien era, eh?
Ji ji
Un beso
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Hola, Isabel. ¿No viste la peli? Master and comander, con Russel Crowe...
Un beso