Un surfero en Conil

Un surfero en Conil, rezaba su camiseta azul y proclamaban sus pecas. Frente a mí sus ojos curiosos de gacela joven, de superman niño, de niño. Junto a él, su versión mayor y sin la finura de la pequeña (a mi parecer); la nariz no tan recta y el pelo no tan liso, ni tan espeso. Pero, sin duda, es la versión en mayor del que en otro tiempo fue niño, y que viste, también, camiseta azul. El tren ha partido de la estación con el débil silbido de siempre y el viaje, para mí el mismo trayecto rutinario, se muestra para el surfero en Conil, como una aventura repleta de sorpresas. Ante él, un libro que habla de magos, pócimas y hechizos escalofriantes. Por unos minutos, sumerge su nariz entre las páginas, pareciera que todo él esté buceando, o tal vez, volando entre escobas y gorros de cucurucho en un internado inglés. Pero pronto cambia de opinión y coge su mochila. ¿Acaso ha ganado la partida, una vez más, la play? Mira a su padre, que está enfrascado en un periódico deportivo, bajo el cual (observo, aliviada) descansa un libro. El niño abre la mochila mientras sus pestañas largas me abanican, qué mirada tan perfecta, casi estoy por perdonarle que juegue a la play, a fin de cuentas es un chico rebelde, un surfero que lee, nada más y nada menos.
Pero, de pronto y sin previo aviso, se me encoge el corazón. De la mochila, como un prestidigitador, saca una bolsa transparente con dos bolígrafos (uno rojo y otro negro) y un chisme para borrar las equivocaciones y la falta de inspiración. Saca también un cuaderno pequeño de tapas verdes. Mira a su padre y le sacude del brazo. ¿Quieres leer la historia? Le pregunta, expectante. Ahora, no. Ahora el que fue gacela joven y superman niño no puede defraudarle, no puede defraudarme. El padre no lo hace, no puede, a fin de cuentas él también fue él, también llevó camiseta azul con lema y también escribió historias en un cuaderno escolar, seguro. Deja el periódico y se enfrasca en la lectura. El niño le mira, atento a la sonrisa, a la expresión. El padre cabecea, divertido. Le hace una pregunta. ¿Que el abuelo tenía miedo, dices? Sí. Y las risas lo llenan todo. Así las cosas, el padre vuelve al diario y el niño a su historia. Escoge una página pautada, limpia, toda para él. Pone la fecha. 31 de julio de 2008. Y se recuesta. Yo le observo. ¿Qué pasará ahora? Cierra los ojos. Los abre. Mira por la ventanilla. Apoya su rostro salpicado de motas doradas en sus manos de superman niño. Claro. La inspiración, que es escurridiza como el salmón en río de montaña. De pronto, con una profesionalidad de libro, se centra en el cuaderno y comienza a escribir. A mí el monstruo no me da miedo. Me parece que no es para tanto. No sé por qué todos arman tanto alboroto… llego a mi destino, y me quedo sin saber el final de la historia.
Me despido sin palabras del hijo y su padre, el niño escribiendo, el padre leyendo.
Y esa mañana... me siento bien.

Comentarios

argamenon ha dicho que…
Y no es para menos: ¡sentirse bien! No creerse un bicho raro. Imaginar que es una moda pasajera pero que siempre habrá alguien que nos devuelva la esperanza en el lugar más insospechado y con la pinta más curiosa y habitual del momento, esa que es pinta y no desentona porque no suele quedar margen para la sorpresa.
Pero, ¿de qué esperanza estoy hablando? Pues seguramente ni yo mismo lo sé, como no sé cual es el riesgo, ni siquiera el peligró, y mucho menos a dónde vamos si es que vamos a alguna parte.
Siempre hay que hablar de esperanza. Para no hablar de ella siempre hay tiempo y se convierte en irremediable
Tú no necesitas hablar de ella porque esa mañana te sentiste bien. Yo sí; yo necesito encontrarme con un texto como el tuyo, disfrutarlo leyéndolo despacio, casi paladeando cada palabra, y a través de él seguir inventándome una esperanza.
Belinda L. Black ha dicho que…
Pero con qué cosas que te encuentras en el tren... Bueno, yo el otro día viajé al lado de una familia de Canarias, padre, madre y niña de cinco añitos o así, y fuí todo el camino con el corazón encogido recordando a la gente del avión...Eso sí, la niña todo el viaje jugando a la Nintendo...
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Que no nos falte la esperanza, nunca...

un saludo y gracias, agamenón
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
¿A qué molan?... jejej

Ayer un niño iba en el autobús que se iba a Cádiz, solo, desde Matacán... tenía 12 años y fue inevitable acordarse. Mu salao, tb. Rubito. Aunque juegue a la consola. Las veleidades (como el Hola)hacen que los humanos seamos más humanos (ya lo dice Edu) jejejej
Belinda L. Black ha dicho que…
No, si a mí me parece fantástico, yo lo digo por mi legendaria negación para jugar a cualquier chisme de ésos.. que no valgo pa éso, que no...

Tienes algo en contra del Hola?? Porque todo es cultura, incluida la holísitica... a ver qué pachaaa...