Era una bibliotecaria más, 2 y final*

Era una bibliotecaria más, como deben serlo muchas otras, la vi innumerables veces acercarse a un hombre viejo o a una mujer muy joven, armada con una sonrisa y un libro para leer. Las gentes de mi pueblo acudían a ella para encontrar lecturas largas para noches solitarias, poemas para noches compartidas, misterios que revolvían la rutina o alegres historias que relegaban la monotonía de las tardes grises de otros otoños parecidos a este. Yo la observaba maravillada, no podía explicarme cómo era que sabía. Para aquel hombre mayor, esta novela de aventuras en la montaña. Para esta mujer, estos poemas cálidos con olor a encina quemada. Para ti este libro, léelo, te gustará, lo sé. Lo sabía y yo no acertaba a comprender cómo.

Luego, cuando se jubiló y vine a ocupar su puesto, aguardé transida de emoción. Tengo 35 años y en la universidad no me enseñaron cómo acertar, cómo hacer para recomendar el libro justo, las palabras acertadas, el poema verdadero. Soy una mujer muy normal, bibliotecaria, juego a tratar de adivinar el final de un libro por el olor del papel y de la tinta nuevos, no sé coser, vivo sola, no tengo hijos, tengo rosales enanos en el balcón y me gusta hablar con los jóvenes que vienen a la biblioteca a hacer como que leen mientras se observan, calibrando si el beso quedará mejor en el número 9 entre la historia de España y la biografía de Maquiavelo (ni pensarlo) o al lado de los cómics, junto a las novelas (eso ya está mejor). En especial me gusta la conversación de un chico muy joven al que le auguro un buen porvenir como bibliotecario. Sensato, pero no mucho. Ordenado, pero no demasiado, no es bueno para un bibliotecario obsesionarse con el orden. Aventurero, risueño, fantasioso, alegre.

Normal, soy una mujer muy normal que aguardaba el momento de aprender. Pero ella se fue, y yo sentí que la Biblioteca la había perdido para siempre y me quedé tan confusa, tan aturdida. Luego, comencé a investigar y lo descubrí.

No es un poder oculto, ni una pócima, ni siquiera un conocimiento ancestral revelado de bibliotecario a bibliotecario (yo ya estaba impaciente, cuándo era que me iba a pasar el CONOCIMIENTO). Era algo tremendamente prosaico y devastador.

Una base de datos Access. Los campos: número de usuario, nombre y apellidos, gustos, detalles de su vida, últimos libros leídos, últimas películas, olores favoritos, sonidos que prefiere, estación del año en la que se encuentra a gusto, mar o montaña, margarita o rosa, arce o encina. Una gigantesca base de datos alimentada de miles de conversaciones durante 30 años. Y una nota para mí. Sólo para recomendar lecturas.

Y aquí estoy, entre libros sin estrenar que huelen a amores y a crímenes y libros deteriorados que acariciaron miles de manos. Y me decido. Ha entrado el número 2.345. Veamos. Le gusta el mar, la primavera, odia los gatos y es un romántico. El último libro que leyó fue Un viejo que leía novelas de amor de Luis Sepúlveda. Veamos. Ya sé. Le voy a recomendar El amor en los tiempos del cólera, de García Márquez, que aquí no consta que lo haya leído.
*Publicado en la revista Mi Biblioteca. Nº 13, Vol. 4, Málaga: Fundación Alonso Quijano, 2008. Pp. 39-41.

Comentarios

argamenon ha dicho que…
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
argamenon ha dicho que…
Llego aquí por casualidad, casi sin pretenderlo, y de la misma forma en la que se suele llegar a los lugares privilegiados: esos capaces de sorprendernos y que habitualmente nunca aparecen recomendados en alguna guía. Lugares calidos que rezuman buenos sentimientos y mejores intenciones. Lugares en donde sería fácil acampar por mucho tiempo. Y me alegro por mi y por mi buena fortuna, se lo aseguro.
Sólo he leído los dos últimos relatos, y me han encantado y me han convencido de lo que le digo.
Cantando las excelencias de su antecesora y pretendiendo encontrar el secreto de la piedra filosofal usted parece contestarse a si misma: todo consiste en hablar con interés de lo que se hable y además en saber escuchar a los demás, ni más ni menos, pero tampoco ni menos ni más. Demasiado complicado y exigente para los tiempos en que vivimos, me temo.
Volveré a por más, si me lo permite.
Aurefaire ha dicho que…
ay amigaaaaaaaaaaaaa q ternura!!!!!!
me encanto... me voy a soñar con esa biblioteca para ver si consigo yo tambien un beso jejeje
Anónimo ha dicho que…
Cómo me gustaría que ese traspaso de conocimiento, vía perfil de computadora funcionará en mi país, en mi biblioteca cercana. Más bien suelo leer por tincadas y recomendaciones....Me gusta como escribes, de modo casual...y para los extravíos de amor, uno precioso del mismo autor...Los versos del capitán de Pablo Neruda. De Salinas no conozco nada.

Un abrazo

Cecilia
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Argamenon... muchas gracias por sus comentarios... aquí estoy, siempre que desee.

Un saludo afectuoso
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Hola aurefaire!!!!
Muchos besos
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Cecilia, bueno, ya sabes que es ficción... no está permitido. Pero sí que lo está el recordar las conversaciones, los gustos...

Un abrazo
Belinda L. Black ha dicho que…
Pos yo conozco a las dos bibliotecarias, ea. A la que se fue y a la que se quedó. Que una es como si no se hubiera ido de la biblioteca, y la otra como si no estuviera, porque ya no presta libros, que tiene otras funciones de más alto rango.

(Esto por lo del Hola, el Código Civil, el pájaro, etc, etc...QUE LO SEPAS...)

Mu bonito. Snif.
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Uys.... ji ji ji como que la otra es como si no estuviera, eh?????????????????????????????? te voy a dar!

Bezoz
Sirena Varada ha dicho que…
Cómo me habría gustado que aquella bibliotecaria que se jubiló hubiera escogido y puesto en mis manos un libro de “poemas cálidos con olor a encina quemada”.

Un beso y si felicidades a la nueva bibliotecaria por una envidiable vocación.
Belinda L. Black ha dicho que…
Pos éso, que como si no estuviera... vamos, que pa pillarla hay que echar una instancia. O dos.

Snif.