Como un personaje de Auster, 3

Me figuré que estos días de vacaciones me sentarían bien, pensé en relajarme, incluso tuve la tentación de sacar el coche del garaje y de recorrer los pueblos de la sierra o de acercarme a la estación de autobuses y comprar un billete para alguna ciudad española o portuguesa, y caminar por allí, mirar a las mujeres de otros, descifrar los misterios que se esconden en las avenidas de otras ciudades, en los árboles, en las palomas, en los bancos, en los viejos de los parques, en los niños de ahora, que juegan con las plays. Todos los días, incluido éste, cuando abro los ojos en la cama tras una noche indecisa y perdida, otra, otra más, calibro las posibilidades que tengo, todas, puedo irme, puedo, conducir o que me conduzcan, llegar hasta una carretera y recorrerla entera y observar las casas de un pueblo o de una ciudad y sus ventanas que no me mirarán porque no me conocen. Pero me quedo siempre, por pereza o por costumbre, o porque mi desconcierto no me deja, no, y me visto y me voy a la calle como un alcohólico, como un ahogado, chapoteando y bebiendo amargura, y pisando mis pasos de ayer, y de hoy, y de mañana y viendo los turistas, ponte allí, y allá, y por favor, nos saca una foto, gracias, ha quedado muy bien.
Y qué desamparado y solo puede uno llegar a sentirse en esta calle tan larga y tortuosa, esta calle preciosa que ya no me sorprende porque me sé de memoria sus aristas, y sus imperfecciones, y sus puntos fuertes, y desde esta esquina se ve maravillosa, como una querida vieja que fue muy guapa, imponente, espectacular. Me gustaría desaparecer, en un coche, en un autobús, en un tren y huir, huir de los demás y de mí mismo, de esto que siento, de esta ciudad a la que amo y odio, porque sabe mi secreto, mi historia, ay Paco, Paco.
Y todo sería de risa, como aquellas películas, si no fuese cierto, terriblemente cierto. Ella, Juana, no trabajaba fuera de casa, nunca quiso, no tuvimos hijos, con lo que yo ganaba había suficiente para los dos, pero siempre estaba cansada, siempre, agotada, y yo no me lo explicaba, no me podía explicar que nuestra casa de cuarenta metros la agotara tanto, luego ya sí, luego. Juana tenía un amante, otro hombre, se veía con él, desde hace diez años, Paco. Y todo sería de risa, pero de reír hasta hartarse si no fuese porque es cierto, porque me pasó a mí, porque aunque yo no podía creérmelo ella me lo estaba contando, allí, entre la nevera y el lavavajillas, con un mandil rojo de lunares y una cuchara de madera en la mano derecha, como si fuese el dedo acusador de Pinocho pensé entonces, y casi me río, casi, pero no lo hice porque ella me estaba dejando y me estaba pasando a mí. Tiene tres hijos y está divorciado y hemos pensado que es mejor, más cómodo, bueno no más cómodo, entiéndeme Paco, mejor para todos que yo te lo dijera y te dejara, total, tú te sabes arreglar muy bien solo, esta casa es pequeña, se limpia en un suspiro, sabes cocinar aunque te gusten más mis guisos, sabes poner la lavadora, te enseñé yo y él, Paco, pues como que no. Y ya voy para mayor y este trajín que me traigo me está pasando factura, que me duele la espalda y los ojos y las manos, Paco. Porque claro, esta casa son cuarenta metros, en el centro, todo a mano, las tiendas y los cafés y los paseos y las peluquerías y el centro médico, pero ellos, Paco, viven lejos, mucho, que tengo que coger dos autobuses de ida y otros dos de vuelta, y me tiro allí cuatro o cinco horas, todas las tardes, para adecentar aquella casa, que son noventa metros, figúrate Paco, y tres chicos, todos hombres, tres habitaciones, tanta ropa y tanta comida que hay que hacer y cuando termino de limpiar y fregar y cocinar, Paco, no nos queda a Juan y a mí ni media hora para estar juntos, Paco. Era de risa, pero para partirse, pero de risa total, pero lo único que acerté a decir fue, ah, pero se llama Juan, y ella se enfureció, se puso tensa, roja, las orejas coloradas, el rostro descompuesto, sí, Juan, qué pasa, bien bonito que es su nombre y el mío, que lo sepas. Y me abandonó, y se fue a aquella casa de tres dormitorios, tres adolescentes y otro hombre, porque se tiraba mucho rato en los desplazamientos y ya voy para mayor y, total, tú te apañas bien solo, que a mí no me necesitas.

Comentarios

CARLOS ha dicho que…
No, no hay vacaciones para el alma.
Enhorabuena!
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Hola, Carlos... cierto, para el alma, nunca. Gracias!