Como un personaje de Auster, 1

Como un personaje de Auster, estos días de vacaciones los paso vagabundeando por la ciudad, solo y desarraigado.
Igual que los personajes del escritor americano, merodeo por las horas, entre callejones y bares, mirando a través de los cristales las gentes, como si fuese un viajero que acaba de llegar a esta ciudad desde algún lugar lejano. Me siento en una cafetería cualquiera, una cafetería que he visto muchas veces en mis paseos cotidianos por mi ciudad, y adopto una pose melancólica que resultaría cómica de no ser porque la tristeza y la melancolía son ciertas. A lo largo y ancho de estos minutos, me estoy convirtiendo en un personaje confuso y desorientado, pero sin alcanzar el cosmopolitismo de los protagonistas de las novelas del escritor; ellos transitan por carreteras secundarias de Estados Unidos, por las calles de Nueva York, yo me dejo llevar por mi ciudad, la que me vio nacer, el mismo paisaje, una ciudad pequeña, de provincias, de piedra cobre, con cigüeñas y un río, y un montón de turistas rodeándome, porque son las vacaciones de Semana Santa: quieta, sonríe, ahora yo, ahora tú, ahí está la rana, dónde demonios estará el astronauta y vamos a tomar un café y qué frío hace aquí y cómo se llama esta casa: ¿de las conchas o de los berberechos?
Yo quiero estar muy lejos, en algún lugar que mis ojos no reconozcan, en algún sitio impreciso en el que mis ojos encuentren algo, un recodo, una calleja, un pájaro distinto, y hacerles una foto, y merodear por los rincones y los espacios ignotos de una ciudad que no me acoja, que no me sonría con tristeza ni con superioridad, te conozco, estás triste, estás solo, tienes estos días para recorrerme, para besarme con tus ojos, para dejarte llevar por mis calles, parecidas a un poema muy viejo y muy triste y muy plácido, y ya estás otra vez, en esa cafetería, mirando a la calle, como si acabases de llegar a un aeropuerto y estuvieses desconcertado, cuál es la puerta de embarque, cuánto retraso lleva mi avión, por qué estoy solo, por qué ella me abandonó, y qué me espera el lunes, más y más de lo mismo y qué solo estoy, y me gustaría desaparecer, pero qué digo, si nadie me conoce, nadie me llama, nadie habla conmigo, sólo estas piedras viejas que me han visto jugar con la pelota y con aquel coche de bomberos y me vieron, más tarde, besar a una chica rubia que me dio un tortazo por respuesta, eso hizo, y yo me quedé derrotado y perplejo.
Como un protagonista de una historia de Auster, perplejo y derrotado, enfermo de soledad, buscando algo parecido a la alegría, asombrado de mí mismo, pero en la ciudad pequeña, la ciudad que me observa como una querida vieja, nos conocemos, no puedes engañarme, yo a ti tampoco, sabes dónde están mis arrugas y mis imperfecciones, dónde encontrar esa panorámica que hace que los turistas se queden con la boca abierta, pero tú no, tú sólo observas el horizonte con esa sonrisa nostálgica, nostálgica de no estar en Nueva York, de no ser un escritor de novela negra, de que no te llame nadie con insistencia a tu estudio de cristal y acero preguntando por un detective, de no haberte comprado un coche americano para recorrer el país, desde el Levante al Cantábrico.

Comentarios

Isabel Romana ha dicho que…
Genial, mª antonia. Consigues reflejar en este monólogo esa sensación de nostalgia y melancolía y, sobre todo, ese romanicismo que el protagonista añora y tiene sin saberlo. Te felicito. Besos.
Aurefaire ha dicho que…
mmmmm no amiguiz, no lei el libro del q hablas pero viendo reseñas en internet intuyo q me gustara!!!!

besitos de hadaaaaaaaaaa
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Gracias, Isabel y Aurefaire por seguir visitando mi casa. Estos días estoy un poco desconectada (programé las entradas) pero entraré en vuestras casas de vez en cuando.., muchos besos