Me porté mal. (El blog de Sara, XIV)

El supermercado no era demasiado grande, tenía dos entradas opuestas y pasillos alargados como de hospital. De una a otra entrada, Mª. Isabel nos llamaba a timbrazos, como un enfermo déspota. Para llamar a Luisa, tres timbrazo. A Tere, dos. A mí, cuatro. Para avisar a Cecilia con uno bastaba y sobraba, sería que no merecía más esfuerzos. Sin embargo, muchas veces acudía yo, porque Mª. Isabel, frenética, repetía el único timbrazo una y otra vez y perdías la cuenta.
Los timbrazos te taladraban el cuerpo, hacían que se te cayera la bayeta, la caja de galletas, la botella de güisqui. Contabas. Uno. Uno. Uno. Uno. Uno. Uno. Uno. Uno. Como un presagio.
Era una mañana fría de noviembre, de cielo azul resplandeciente, como vidrio de color. Había mucha gente haciendo la compra para el fin de semana, carros repletos, niños correteando por los pasillos, matrimonios malhumorados, parejas felices. La vida, la llaman. El timbre. ¡Dios! Estaba en lo alto de la escalera, en mi almacén particular, ordenando los tambores de detergente para lavar a máquina que no cabían en la más baja. El timbre parecía una sirena de ambulancia. Bajé los peldaños despacio porque estaba casi segura, casi, de que Mª. Isabel no me llamaba a mí, sino a Cecilia, lo hacía noventa y nueve veces y media de cada cien. Simple estadística.
Allí estaba. En medio de las dos cajas, con el dedo corazón oprimiendo el diminuto timbre rojo que emitía un sonido apabullante, quién lo diría. Cecilia no aparecía por ningún lado. Continuó y continuó. Luisa la miraba desconcertada. Yo la miraba, curiosa. Cecilia que no llegaba. Si algo enfurecía de veras a Mª. Isabel era buscarte y no encontrarte en ese instante. Ya. Para ayer.
La tormenta se acercaba desde su rostro contraído, continuaba en el tic del labio superior, hasta recalar en un pálpito de la vena azul verdosa que cruzaba su cuello como un látigo. Dejó el timbre. Comenzó a chillar. ¡Cecilia! ¡Cecilia! ¡Cecilia!
Las voces eran el canto de las sirenas de Ulises, terrible e hipnotizador. Algo malo iba a ocurrir. Muy malo. Mucho. No podíamos dejar de mirarla. Los clientes aguardaban, en las manos el papel higiénico, la cerveza para el partido, mirándola hechizados.
Al fin Cecilia apareció, bajando las escaleras desde los aseos, despacio, la cara encendida, la respiración agitada, los ojos brillantes de lágrimas o culpa, no lo supe a ciencia cierta. Mª. Isabel calló (bendita madre de Dios), esperó a que Cecilia terminara de bajar aquellas interminables escaleras y subió a su vez. Los demás nos quedamos abajo, expectantes, aguardando la tempestad anunciada. Un grito. VEN AQUÍ.
Se oían los alaridos de la encargada y ya no teníamos morbo, no. Sentíamos el corazón encogido, la garganta seca, el revoloteo de un pájaro herido en la garganta. Hasta Luisa y Tere andaban vacilantes, las miradas bajas, el paso cansino. Volví a mis detergentes. Pasó la mañana lenta como un suplicio. Eran las dos y fui a coger la mopa para barrer los pasillos. Como en una pesadilla, Mª. Isabel me agarró del brazo.
Hoy no se barre. No se friega. Lo hace la señoritinga fumadora.
¿Qué?
Lo hace ella. Fuma en los servicios. Ya va a saber cómo hay que fregar, ya. Quiero los pisos brillantes. Tres pasadas. Así que ya lo sabes, hoy no toca fregar.
Contuve las ganas de vomitar. Me cambié de ropa y al irme, observé a Cecilia llenando el cubo y a Luisa, Tere y Mª: Isabel, instaladas en el pasillo de las conservas. Estaban cómodamente sentadas, había una mesa con fiambres y tabaco junto al cenicero.
¿No te quedas? Me preguntó, riendo, Mª. Isabel. No contesté.
El lunes por la mañana, observé que Cecilia no podía estirar del todo el brazo derecho.

Comentarios

Amaranta ha dicho que…
Con perdón, ésto es el parto de la burra... Que termine yaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa...

Esto, sí, ejem, muy bien, estupendo, sí...
Amaranta ha dicho que…
Explicación: si a mí me gusta, pero ya me lo he leído antes...jo...
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Hola!
Sí ya lo sé... queda muy poco, cuatro o cinco días, y lo voy a publicar a uno por día. Ya verás.
Besooooooooooo
Sirena Varada ha dicho que…
No es comparable, pero el supermercado empezaba a parecerse en su atmósfera a un correccional... desalentador y asfixiante.
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Hola, Sirena... sí, justamente...