Idas y venidas, 1

Si utilizan el tren para ir al trabajo, lo sabrán. Día tras día, una mañana tras otra. En la estación, muy temprano, las gentes que se importan se acompañan. Llegan con maletas, bultos, jaulas, cajas donde escondieron el canario o el primer amor. Y esperan.
Tú, que estás allí como todas las mañanas, que ni siquiera te has traído una chaqueta, porque qué demonios, es verano y no tenía que hacer frío, les miras, sola, increíblemente sola, desde el andén.
Hay parejas de novios tan jóvenes que parecen haber inventado el amor. Se miran con tristeza, los labios doloridos de tanto beso repetitivo y apasionado, las manos engarzadas en una cadena de desespero.
Hay familias enteras que acuden juntas a despedir al hijo que marcha fuera, es su primer trabajo, se va lejos, pero tiene un porvenir alentador. Ninguno de ellos lo duda, todos le miran con brillo en la mirada, los ojos húmedos y las bocas secas.
Hay matrimonios que van juntos y se separarán, porque él o ella, se va a algún lugar, tal vez a casa de un familiar, o a la casa de la playa mientras ella o él, que aún tiene que trabajar un mes más, se queda en la de todos los días. Él o ella, miran con impaciencia el reloj del andén, porque el tren se retrasa y no quiere llegar tarde a la oficina, o a la tienda, o a la otra vida.
Hay parejas ya mayores que se van de veraneo y les acompañan todos los hijos, que aguardan, impacientes, la llegada del tren. No aciertan a comprender cómo es que los abuelos llevan cuatro maletas y dos bolsos de mano, si nunca, nunca, les han visto otras ropas que una falda gris y una blusa blanca (ella) y un pantalón gris y una camisa blanca (él). Mientras aguardan, el nieto pequeño llora porque sabe que alguien se va, mientras uno de los hermanos le suelta un pescozón ante la indiferencia de la madre que riñe al mayor porque no despega los ojos de la play.
Y tú, que llevas un bolso de tela y un vestido, porque se supone que es verano, y no has traído ni siquiera un pañuelo para envolverte la garganta, que de pronto, y sin saber por qué, notas áspera, te sientes sola, increíblemente sola.
Llega el tren.
Los novios suben juntos, las maletas de ella o de él entre las piernas, los dos de pie, entre los vagones, fundidos en un beso sin fin, un beso que no quisieran terminar, pero que acaba. Y él o ella, que se baja del tren, y ella o él, que sale detrás y le toca la espalda, con un gesto de súplica, y él o ella, que se vuelve y se dan dos, tres, cuatro breves besos. Por fin, vuelve a subir el enamorado, acomoda su maleta ante la atenta mirada de su partenaire, y cuando está instalado se dicen adiós, se lanzan besos, juntan sus manos, separadas por el ingrato cristal. Y las lágrimas, que sin querer, sin convocarlas, parece que llegan a tus ojos.
Las familias se abrazan, se dan palmadas en la espalda, besos sonoros. El hijo conserva la calma, es tan joven, tan guapo, tan alto, tan listo. Está nervioso, pero sabe que ha de ir. Sólo se rompe cuando su hermano pequeño, impulsivo aún, se cuelga de su cuello y llora. Entonces, antes de subir al tren, él calibra lo que deja y lo que espera, y se ve en su rostro una pequeña indecisión, que al fin vence, porque es lo que ha de hacer. Sube al tren solo, acomoda su maleta, dice adiós con la mano y les insta a que se vayan, a que no esperen a que el tren reanude su marcha. Al hermano le promete algo especial. Se van y él se sienta, solo, y se pone los cascos del mp3 y unas gafas de sol, y tus ojos están húmedos y no aciertas a saber por qué, si vas a trabajar, como todos los días, como ayer, como mañana.
Uno de los dos que forman el matrimonio, sube al tren precipitadamente antes de besar al cónyuge, con brevedad, en la mejilla. El cónyuge alza una mano desde el andén y parte con prisas. Y tú, que sientes un cierto malestar.
Los abuelos suben al tren con un hijo, mientras el nieto pequeño no deja de llorar (alentado, sin duda, por el pescozón del hermano) y todos riñen y se desgañitan diciéndoles adiós. El hijo coloca sus maletas como puede pero no es fácil, son tan grandes y están tan llenas, pero qué lleváis aquí. El tren parte con un débil silbido y el hijo es amonestado por el interventor, que le recuerda que los acompañantes no deben subir al tren. Así que el hijo habla por el móvil, tranquiliza a los padres y se dispone a viajar media hora, precisamente hasta el punto en el que tú te bajas, con un resabio de melancólica tristeza en la frente.

Comentarios

Isabel Romana ha dicho que…
Has descrito un cuadro multicolor de las despedidas. Es tan vívido, que me ha parecido estar allí, viéndolo y casi, casi arriba del tren para ir contigo, como cada día, a trabajar. Esto último me ha fallado, porque soy un pelmaza que siempre pierde el tren. Muy bueno, mª antonia. Besitos.
Sirena Varada ha dicho que…
¿Acaso no es ese el tren de la vida, Mª Antonia?
No hay más remedio que subirse a él... y mientras tanto, en la estación, todo serán reencuentros y despedidas.