De amores no solicitados. (El blog de Sara, XV)

Esos días los había borrado como un archivo molesto al que se le ha pegado un virus. Zas. Delete. Y a seguir.
Pero reaparecieron cuando reparé en Cecilia aquella tarde. Los gritos. Mi vergüenza. Aquella pantomima ridícula. Mi silencio, quizás más humillante que la propia humillación. No tengo justificación, no la tuve entonces y aún menos ahora. Si acaso mi ensimismamiento, mis heridas, mis cicatrices, mi dolor. El ajeno no me conmovía: tenía de sobras con el mío, incluso me molestaba el de Zoé. Me volví egoísta.
Por aquellos días, pasó algo que me zarandeó un poco. Sólo un poco. En otras circunstancias, aquello me hubiese producido un maremoto, hubiera quedado tendida boca arriba, dando vueltas el corazón. Hubo un hombre.
Él era repartidor de una marca de conservas, moreno, guapo, con esa belleza fresca de la gente joven, sin adulterar. Cada vez que entraba en el supermercado sus ojos hacían un barrido por los pasillos hasta localizarme, bayeta en ristre o marcadora en mano. Nos sonreíamos fugazmente. Yo necesitaba un cuerpo abrazándome, necesitaba de besos, de caricias, de la intimidad única de una pareja tras hacer el amor. Él me gastaba bromas y se hacía el encontradizo en la calle, hacía tiempo esperándome, siempre esperando. Con todo, yo no quería caer en la tentación, tenía miedo. No quería complicarme la vida; había construido una muralla alrededor mío y de Zoé y me daba pánico abrir la puerta para que entrara un hombre. Pasaba el tiempo y rechazaba una tras otra sus invitaciones, a cenar, a tomar un café, a dar un paseo, a charlar un rato. Le desconcertaba con mis negativas después de alentarle con mis sonrisas. Y yo estaba segura que sólo era cuestión de días. Se cansaría, claro.
Pero ocurrió lo de Cecilia. El lunes, se paseaba cabizbaja con el brazo derecho medio encogido y los ojos enrojecidos. El martes, la encargada general acudió para tener una charla con ella. Gritos otra vez. El miércoles llegó el dueño de la cadena de supermercados. Sólo le susurró unas cuantas palabras en voz baja, pero no hizo falta más. Cecilia se desmoronaba poco a poco. Se equivocaba más. Cometía errores de novata, no encontraba el vino o el chocolate sin almendras, colocaba las galletas sin orden ni concierto y pedía mercancía que no cabía en las estanterías y que yo escondía en mi sección para que Mª. Isabel no la encontrara. Fue lo único que hice por ella, pero sin palabras. Y una palabra de aliento es el bálsamo que espera un corazón maltrecho. Lástima que el mío estuviese demasiado malherido y no encontrara ni una sola. Ni una.
Ocurrió lo de Cecilia y, a mi pesar, me sentía culpable por no defenderla, por no agarrar a Mª. Isabel del pelo, taparle la boca y advertirle que la dejara en paz de una maldita vez. Por entonces pensaba a menudo que Cecilia debía pelear sus propias batallas. Pero qué diablos. Era una niña que aún no conocía las reglas del maldito juego. El pez grande se come al chico, o comes o te comen, no seas tan sensible. O si no lo soportas, márchate, no transijas, no vengas mañana, vete, busca un lugar mejor, un sitio donde las personas no se pongan zancadillas por una palmadita en la espalda o un elogio por la limpieza del pasillo central, ay que ver cómo lo friegas, chica.
Así que llegué al sábado adolorida y fatigada, el cansancio adherido a los poros de mi piel, y le llamé. A él. Al hombre joven que reponía latas de conservas. Una tarde me había apuntado el teléfono de su casa (la de sus padres, era muy joven, tanto…) en un papel marrón y me lo había tendido con timidez, sus ojos en los míos, la boca expectante. Lo guardé en el bolsillo trasero de mis vaqueros y al llegar a casa lo sepulté en la mesilla, bajo las fotos de Manuel.
Descolgó el teléfono un hombre que debía ser su padre, le avisó, se puso de inmediato, aquí estoy, qué bien que me llamaste, qué quieres hacer.
Salimos a tomar unas copas por los bares de la Gran Vía, bajo mi antiguo piso, que lucía las mismas plantas en el balcón. La vida cambia en un segundo y te encuentras haciendo algo que jamás sospechaste. La vida. Ese tirar de nosotros. Esa independencia ganada a pulso y esa soledad que nos atenaza cuando llegamos a una ciudad y no ha ido nadie a buscarnos. No lo habíamos pensado nunca, no lo habíamos visto como un inconveniente. Pero una mañana, ay. Un chico besa en la boca a una chica mientras la mira a los ojos. Una niña espera a su madre y se abrazan y se alejan, la niña en sus brazos, la madre acariciándole el pelo. Y tú allí, en el andén, sola. No hace falta que te encuentres en una estación, ni que llegues a una ciudad, ni que lleves maletas. Puede ser que estés tras los cristales de una tienda mientras los transeúntes caminan, se ríen, van en parejas o en grupos, abrazados, de la mano. Y tú, sola, en el andén.
No sé si fue por eso que me dejé besar bajo el soportal. Que le besé a mi vez. Que me dejé arrastrar hasta la pensión de la calle la Rúa y allí me dejé hacer, hice, me dejé. Por un par de horas. Después me vestí. Precipitadamente. Con los ojos llenos de ternura y aquella sonrisa clavada en mitad de la frente, tengo que volver con Zoé.
No te vayas, ¿no estaba con tu vecina? ¿Por qué no te quedas un rato? Por favor… Negué con la cabeza.
¿Cuándo volveré a verte?
Nunca. Olvídame.
No puedo. Te llevo aquí, y se golpeaba en el pecho, incorporado en aquella cama de pensión, hecha de sábanas gastadas de tanto amor y desamor, mitad y mitad, a partes iguales.
Estoy contaminada.
¿Qué quieres decir?
Que no puedo quererte. Lo siento. No comprendo cómo puedes haberte fijado en mí.
Me gustas. Me gusta tu actitud, cómo caminas, tus ojos duros que brillaron hace un momento en la oscuridad de esta habitación. Y la iluminaron. Y me gusta tu pelo corto. Y tu sonrisa. Y tú. No te vayas, por favor.
La puerta apenas hizo ruido al cerrarse.

Comentarios

Sirena Varada ha dicho que…
“La vida cambia en un segundo y te encuentras haciendo algo que jamás sospechaste”...
Querida Maria Antonia, este es uno de los mejores capítulos que he leído. Es una historia fuera de la novela, tiene vida propia. Creo que deberías presentarla a algún concurso de relatos cortos.

Daría lo que fuera por haberla escrito yo.
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Sirena... ¡cómo me gusta que te guste!