Luisa, Tere, Cecilia. (El blog de Sara, XII)

Con los años las cosas se van asentando, como el lodo en la charca. Todo cobra forma y un cierto sentido. Ahora caigo en la cuenta que Mª. Isabel era una mujer débil, acomplejada, insatisfecha. Como algunos seres débiles, se convirtió en torturadora en cuanto poseyó un poco de poder; propio de los mezquinos. Y reinaba sobre nosotras, con mayor o peor fortuna.
Luisa y Tere le hacían la pelota. Eran listas, estas dos. Quizás un poco parecidas a ella, tal vez los años las habían hecho así o cambiaron a propósito. Reían si ella reía. Se enfadaban si ella se enfadaba. Vagaban cariacontecidas si así lo exigía el guión. Ellas dos eran muy amigas, quedaban para tomar café en sus días libres, pero no dudaban en irle con el cuento a Mª. Isabel: has visto cómo tiene la sección del aceite, has visto cómo se escaquea cuando viene el camión, has visto qué confianzas se toma con la gente. Muy amigas, en verdad. Una tenía un novio en Santander con el que se iba a casar, o eso decía, y la otra no tenía novio, pero lo buscaba desesperadamente, entre los repartidores de yogures, pan de molde o pastelitos tigretón.
La una era morena, gorda y bajita, había empezado a fregar portales con su madre antes de terminar el colegio, y me miraba con chulería barriobajera, mientras calibraba quién podría caer en sus redes, quién la llevaría al altar y la retiraría de trabajar. La otra era rubia, alta y de ojos azules y seguro que había sido muy hermosa antes, cuando su novio vivía aún en la ciudad y ella no recorría por las noches el mapa de su infortunio que pasaba por Santander.
Aún así, qué listas. Tenían prerrogativas. Les chillaba, pero no mucho. Fumaban a escondidas los sábados por la mañana, entre las pastas alimenticias y el pasillo de los cafés. Comían, sin esconderse, en la sala donde nos cambiábamos. Ella miraba para otro lado. Por algo eran la comitiva de los sábados por la mañana, ésa que criticaba muerta de envidia los vestidos blancos de las novias.
Cecilia era la más joven. Alta, morena, desorientada, nerviosa, frágil. El objeto de las iras de Mª. Isabel. Con ella sí. Con ella podía ejercer dominio y mando. Y lo hizo, sin mesura.
Suelo ir a la Plaza Mayor por las tardes. Me gusta observar a los jóvenes que se tumban en el suelo y toman el sol. Ayer la vi. Estaba charlando, sentada en una terraza con otras dos mujeres. Conversaba, el pelo lo tenía más oscuro y había engordado un poco. La hubiera reconocido en cualquier parte. Seguía gesticulando al hablar y sus ojos marrones no paraban quietos, del rostro de una amiga a la otra, atenta al vaivén de sus palabras.
Hay personas que hablan demasiado porque se complacen en si mismas, como los narcisos. Hay personas que hablan con desmesura porque nadie las enseñó a escuchar. Hay personas que hablan y hablan porque tienen miedo del silencio. Hay personas que hablan con exageración porque no saben cómo llenar tanto hueco en sus días. Así le ocurría a Cecilia. Tenía que tapar tantos vacíos.
La observé de lejos, apoyada en una columna. La Plaza olía a verano. A coco de bronceador. A calamares fritos y cerveza fría. Había, asimismo, aromas tenues a helado de fresa, a piruleta, a colonia para bebés. Los jóvenes se sentaban en el suelo y comían y bebían y se bañaban de sol. Las sombrillas parecían velas de alegres barquichuelas surcando el suelo de granito, mar gris cálido que calentaba los adentros. La observé durante un rato. Y regresó. Todo aquello.

Comentarios

Isabel Romana ha dicho que…
Has descrito con precisión de cirujano a estos personajes. En particular, me ha gustado el párrafo dedicado a Cecilia y esas reflexiones acerca del miedo al silencio. Y también esa última descripción de la plaza en verano. Fascinante. Besos, querida amiga.
Sirena Varada ha dicho que…
Estoy con Isabel en todas sus apreciaciones.
Me parece magistral tu reflexión sobre los motivos que inducen a hablar más de la cuenta. Y la descripción de esa mezcla de olores así como el ambiente de la plaza... es sencillamente perfecta.
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Isabel, me alegra que te haya gustado el fragmento del silencio y el de la plaza. Mi amada plaza. Los salmantinos la amamos.
Un abrazo
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Gracias, sirena.
Me alegra que te lo parezca...
Un beso