Apariencias. (El blog de Sara, XII)

Los días eran iguales unos a otros. Con tanta faena, el enfado de la mañana se diluía en las horas y al llegar la luna, sólo quedaba el cansancio. Sí, tenía razón el jefe: aquello era duro. Los momentos más dulces los pasaba en el servicio haciendo aguas menores, porque estaba sentada. Qué alivio. Los músculos me tironeaban, zarandeándome el ánimo, las manos se me volvieron ásperas, llenas de cortes, la mirada se me tornó opaca, el corazón, ay, resistía. Me corté el pelo, era una pérdida de tiempo llevarlo largo para luego recogerlo en una coleta. Adelgacé y la desconfianza comenzó a habitarme. Me aparté de los antiguos amigos que eran, en realidad, amigos de Manuel y no supe o no quise buscar otros. No tenía familia, excepto a Zoé. Los parientes de Manuel le disculparon mil veces; terminaron dándome de lado, claro que yo puse mi grano de arena. No podía escuchar callada tanta excusa para un hombre que resultó cobarde y egoísta: incapaz de querer a nadie un poco más que a si mismo. Sé que quería a Zoé. Pero no más que a él. Lástima.
Iguales, así eran los días. De lunes a sábado, supermercado para mí, colegio para Zoé. Los sábados por la tarde, salíamos a pasear por la ciudad, mirábamos la piedra dorada que mutaba de color con la luz del día, corríamos bajo los soportales de la Plaza para cobijarnos de la lluvia y de la melancolía, comprábamos pasteles y caminábamos deprisa para volver a casa y tomarlos con un vaso de leche. Los domingos los pasaba limpiando el piso, aireando las habitaciones, sacudiendo los techos, fregando los suelos en una actividad frenética para no pensar, para difuminar mi ira, para despistar mi desasosiego, puntuales apariciones en mis mañanas. Después de comer, nos echábamos la siesta las dos juntas y jugábamos al veo, veo, a cantarnos canciones de disparate, incluso dormíamos. Y el lunes gris volvía de nuevo.
A la tienda, junto con señoras de, jubilados gozosos, jovencitos que hacían recados a sus madres, padres de familia, acudían drogadictos y cleptómanos. La labor de seguimiento de cualquier personaje tildado de sospechoso por Mª. Isabel era una tarea desagradable y comprometida. No soy segurata, Mª. Isabel. ¡Tienes que hacerlo! NO.
Las otras cumplían, se escondían tras las estanterías, fingían, simulaban que consultaban un precio, que se les había caído algo al suelo, cualquier cosa, habían aprendido bien junto a su adalid, la señorita Mª. Isabel.
Había una señora que tenía debilidad por el chocolate. Hacía la compra semanal y, de postre, cogía una tableta de chocolate con almendras, abría el envoltorio y cortaba un trozo, que comía allí mismo. Luego, escondía el chocolate abierto bajo el montón de tabletas. Lo sabíamos y lo permitíamos. Quiero decir, la abeja reina lo consentía. Compraba todas las semanas, era una habitual y esa manía era su particular privilegio. Tendría falta de amor o el espíritu juguetón.
Los heroinómanos eran los más peligrosos, se colaban en la tienda, nos insultaban: putas, putas, mientras corrían por los pasillos hacia una de las entradas, llevando en los brazos botellas de ginebra, leche o aceite de oliva.
Una vez, una mujer robó dos botellas de anís Marie Brizard. Era de mediana edad, el pelo teñido de rubio y perfectamente maquillada. Cuando Mª. Isabel la acorraló en la oficina, llegó su hija; una chica sensata y preocupada que explicó que la cleptomanía de su madre era una enfermedad de la que se estaba tratando. Pero mientras…
Con todo, el mayor chasco nos lo llevamos con una señora de. Era una mujer joven, dos o tres años mayor que yo, vestía a la moda y tenía dos hijos, uno todavía un bebé. Alegre y dicharachera, hablaba con nosotras, nos preguntaba cómo estábamos mientras nos enseñaba los vestidos comprados esa misma tarde y, nosotras exclamábamos, qué bonito, este color es ideal, no como mi bata bicolor, guapa. Un buen día, Mª. Isabel (que se daba una maña especial para esa clase de trances) la arrinconó en la sección del aceite cual perro de presa a una liebre. Nosotras contemplamos mudas cómo ella, la madre joven y triunfadora, sacaba objetos del cochecito del bebé, prestidigitadora de circo. Leche, azúcar, harina, macarrones, café. Hacía la compra, a su manera. Pero ella no se había ganado el privilegio. Qué va.

Comentarios

Amaranta ha dicho que…
Uy, uy, esto se pone interesting....

Más, más...
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Se agradece el apoyo moral...
Sirena Varada ha dicho que…
Como a la protagonista, es posible cobijarse de la lluvia pero no de la melancolía que rezuma su historia.

mª antonia, qué buen título le has puesto a este capítulo.
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
sirena... qué bueno que sigues la historia, gracias