Otra edad III y final

En los mismos días, aquellos en los que los hombres dejaban su huella en las piedras, pintando escenas de caza con barro púrpura y sangre de gacela, un hombre joven, tanto que antesdeayer fue un niño aunque él no lo sepa ni lo sabrá nunca, baja al río. Ha oído ruidos extraños y no acierta a adivinar de qué animal se trata. Ahora está más cerca y escucha suspiros y revoloteos, como de ave herida, y alcanza a ver un destello negro que se mueve como una serpiente, en un remolino extraño e inquietante, un remolino que le asombra, y siente el vértigo; una especie de mareo confundido con el aroma del espliego y la jara y el olor de la sangre que lleva en las manos, caliente y roja, como su vida brutal, sin sutilezas, sin disculpas. Él tiene la mirada certera de cazador avisado, las manos fuertes e inexpertas, el cuerpo flexible y joven como un junco de la ribera. No sabe aún qué es, quién, cómo. Se oculta tras los helechos que le rozan las piernas y se siente azorado, sin conocer, ni siquiera presentir, qué es sentir azoramiento, timidez, deseo punzante, vértigo insospechado. Entonces… la ve.
Ella, que ya no es una niña y tiene la sabiduría del valle y el conocimiento de lo que es la muerte y lo que es la vida, le ha visto hace unos momentos. Le observa, con un sentimiento confuso, entre divertida y asustada. Achina los ojos para hacerle creer que los tiene cerrados.
Él, que ya no sabe qué hacer ni cómo librarse de ese instinto nuevo, fuerte, poderoso, se yergue de detrás de los helechos y deja caer la lanza a sus pies, para que ella no se asuste ante la visión de un terrible cazador con sangre en las manos.
Ella intuye que no puede seguir fingiendo en su tiempo, un tiempo sin disimulos, ni disculpas; abre los ojos y se levanta, y el pelo se vuelve liana oscura y húmeda que se abraza a su cuerpo de mujer muy joven que nunca sospechará siquiera qué es ser una niña.
Él da unos pasos y le tiende la mano.
Ella camina hacia él y ya no está asustada. Lo que sucederá a continuación, lo ha visto muchas veces, en las noches con lluvia y frío, cuando la soledad acecha, repleta de rumores raros y murmullos inquietantes.
Él, espera, quieto. Está extrañamente sereno, como cuando sale a cazar y avista un corzo o un ciervo y descubre, no sabe cómo ni por qué, que será él y no otro quién le clavará la lanza en la cerviz. Lo sabe.
Ya están juntos, de pie, él mirándola, y entonces recuerda. La ha visto antes, en el río, junto al fuego, capturando mariposas doradas y abrazada a los tejos, por los que ella siente una extraña fascinación. La ha visto, la recuerda, se han tumbado juntos y han mirado las hogueras del océano de terciopelo cuando eran niños, y ellos no sabían, no podían saberlo, nunca lo sabrían. La ha visto, la conoce, sabe quién es su madre, el padre no tiene importancia, en aquel tiempo no, y se da cuenta de que no la recuerda, jamás ha visto esas hondonadas y esos valles, esas curvas cerradas transitadas por un río invisible. Jamás se fijó en su cuello esbelto y en su cuerpo fuerte y en sus manos sabias de mujer joven. Es la primera vez y la última y la siguiente y todas y ninguna.
Se arrodillan y ella ya se acuerda de cuándo él le tiraba del pelo y luchaban, jugando, junto a sus madres en los días de calor. Recuerda la primera vez que él se marchó con los demás, tras los corzos de los riscos altos y cómo la miró con sus ojos tristes, grandes, ojos de niño que ya no era, que estaba dejando de ser. Se acuerda y no se acuerda de él, porque nunca vio en sus ojos esa determinación, esa fuerza y esa prisa, certera, sin disimulo.
Lo que sucede a continuación es lo mismo que sucede hoy, ayer, mañana, en otro tiempo difícil y en estos años difíciles, porque siempre lo son para los hombres, empeñados en dejar muescas cada vez más profundas en las rocas, en los árboles, en los ríos, en el mar erizado de espuma blanca y en el mar de azabache repleto de fogatas.
Y pasó que él tomó su rostro entre las manos con la misma dulzura con que cogería la luna si la alcanzase.
Y ella, posó sus manos sabias en los hombros de él, aguardando.
Y, no se sabe si fue la primera vez, o la penúltima, o la segunda… ocurrió que se besaron.
Como ayer, como hoy, como mañana.
En otro tiempo y en éste, en los tiempos duros y en estos que lo son… por fortuna.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Aviso. Soy yo. No te asustes. Ceci. Yo. Sí, ya? Sabes quién soy? Vale. Procedo a comentar. Que muy bonito, pero lo has cortado en lo más interesante...jejejeje...

En serio, me encanta este relato. Parece que va a aparecer el Tiranosaurius Rex en cualquier momento. Qué forma de meter al lector en la Prehistoria. Eres una artista!!!

Yo. Ce. Ceci. Cecilia.

Ha quedado claro??
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Chi.
Hubiera quedado más claro si hubieras hablado del asco que te doy. Pero vale. Acepto Tiranosaurius Rex como animal de compañía.
Ya te he dicho que tengo pendiente lo erótico, ya...
Un beso!
sbew ha dicho que…
Hola, Marian:

Descubro tu blog... y me encanta.

No puedo decir más.

Un beso.

http://sbew.zoomblog.com
Isabel Romana ha dicho que…
Muy bello este encuentro casual y amoroso, cuajado de referencias a la atemporalidad de ese instinto que nos empuja hacia el otro. Esta serie te ha quedado preciosa. Te felicito, querida amiga.
UnaSirenaVarada ha dicho que…
María Antonia:
No exagero en absoluto..., de verdad que no lo hago si te digo que tu relato es magnífico. Insisto: magnífico.

Un abrazo
Sirena Varada ha dicho que…
María Antonia:
No exagero en absoluto..., de verdad que no lo hago si te digo que tu relato es magnífico. Insisto: magnífico.

Un abrazo
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Gracias sbew, un abrazo
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Sirena... muchísimas gracias, un beso