De aquellas cenas. (El blog de Sara II)

Tras la separación busqué trabajo. El padre de Zoé se llamaba Manuel. El hombre que quedó cuando se perdió el padre en algún instante impreciso, también se llama así. Pero ya no es. Manuel regentaba una ferretería heredada cerca de la Plaza Mayor y las cosas nos iban bien. Es un decir. La verdad es que todo iba de mal en peor. Vivíamos en un piso en la Gran Vía, teníamos servicio doméstico y recibíamos a los amigos y a los clientes (que eran lo mismo o sólo lo último) los sábados por la noche, cuando organizábamos unas cenas maravillosas de catering para las que Manuel me hacía vestirme como si fuesen estrenos de ópera en el Teatro Real. Las primeras me parecieron extravagantes y divertidas y a medida que fueron pasando los años se convirtieron en una penitencia irritante, ridícula. La niña se quedaba a cargo del aya de turno y yo no hacía más que buscarla alrededor de Manuel, entre las mariposillas vaporosas que reían con risa de cántaro. Parecía mentira que no estuviera revoloteando por allí Zoé.
Tuve que ponerme a trabajar tras la separación cuando aquella vida se terminó de repente: la ferretería estaba hipotecada, debíamos más de lo que teníamos, el piso al fin no era nuestro, no teníamos ahorros. Todo se había perdido misteriosamente. Así que nos fuimos de aquella casa de techos altos y suelos de madera a un piso de alquiler en un barrio de las afueras. Pinté las habitaciones de blanco y compré telas de flores para alegrarlo un poco. Dentro de mi tristeza, cuando terminé de acomodar los pocos muebles que se salvaron del naufragio, aquel pisito me devolvió una imagen de calidez que jamás me dio el otro, tan grande y ajeno a mí, que no había elegido, como tampoco elegí la vida que tuve con Manuel, ni los días iguales, ni la espera.
Nos conocimos cuando terminamos la universidad, él había comenzado a trabajar en la ferretería, yo había encontrado un trabajo de contable en una empresa de neumáticos y me sentía independiente, con todo por estrenar, qué maravillosa sensación. Me enamoré. Es lo que suele pasar con un hombre guapo, simpático y espontáneo. Tenía grandes planes. Siempre los tuvo. Nos casamos en unos meses. Qué guapa se me ve con el vestido blanco y las flores en el pelo. Dejé el trabajo, por supuesto. Llegó Zoé. Y los años de esperas interminables, de cenas de pantomima y el fin. Se precipitó todo.

Comentarios

Isabel Romana ha dicho que…
Has hecho un resumen de la vida en común, vacía e irritante, en unas cuantas líneas. Todo un logro. Besos, querida amiga.
Sirena Varada ha dicho que…
mª antonia, la envolvente fluidez de este relato nos deja siempre con ganas de leer mucho más.
No tardes en colgar los siguientes capítulos.
Un abrazo
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Querida Isabel, gracias por tus ánimos y tus visitas. Un abrazo.
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Hola, sirena... gracias... publicaré otro capitulillo muy pronto. Un abrazo para ti también