Otra edad II

Era una edad difícil, y si el dios de la luz lanzaba improperios y encendía fuegos no deseados, ellos se apretaban unos contra otros, al resguardo de un hueco entre dos rocas altas, o se acostaban en la meseta pétrea, sobre el río transparente que no dejaba de musitar secretos de vida y muerte. En ese periodo difícil, algunos hombres dibujaban en las rocas con sangre y barro granate. Eran hazañas dignas de contarse alrededor de la fogata y de permanecer, aún cuando ellos muriesen y sus hijos, y los hijos de sus hijos. Y los hijos, de sus hijos de sus hijos. Todo era fugaz: la primavera, la luna redonda como la barriga de las mujeres a punto de parir, el verano, las flores que se miraban en el agua, el ciervo, la liebre, el vuelo de la lanza, las caricias, el cielo azul, el olor de la hierba mojada, el aleteo de la mariposa amarilla, el canto del pájaro al mediodía y el humo elevándose hacia los dioses.
En aquellos días apurados, en un valle cualquiera, hecho de formas pétreas y de frondosas arboledas, un valle benigno y generoso de mariposas ambarinas y de cantos de aves extrañas, una mujer que fue niña hasta ayer, se baña en el arroyo. Toca las piedras del color de un atardecer incendiado y calcula cuántos senderos suben y bajan de las montañas, dibujando idas y venidas, garabateando apresuradas cacerías y torpes persecuciones. Oye, a lo lejos, algún grito deslavazado, ronco y preciso, y escucha el sonido nítido de unos cascos que golpean los peñascos. Hace calor, es primavera y huele a romero y a jara. Hay tejos grandes y poderosos a la orilla del riachuelo, símbolos de muerte enraizada en la vida del agua que corretea, presurosa, casi con tanta prisa como las nubes se deshacen en esa mañana, que es azul. Esa mujer tiene los ojos grandes y hambrientos, el cuerpo fuerte y menudo, las manos ansiosas y sabias. Se moja el pelo mientras las aletas de su nariz se expanden y se repliegan, y una vena zigzagueante late en su cuello, con prisa, con ansia apresurada. Ahora huele a hierba bajo el sol y canta un pájaro raro. El agua salta, brinca, le moja la cara y ella no sabe si llora o ríe, allí, en mitad de ese valle, un poco lejos de las mujeres, alejada de los hombres, sola, ella, una mujer de otro tiempo, de un tiempo duro, difícil, peligroso, con prisas.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
A veces me das un asco....

(Aunque no lo parezca, es un cumplido, conste....)

Ce.
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Qué susto!
Pensé que eras un internauta despechado!!! Y yo preguntándome: ¿qué le habré hecho, por dios?

Ya hablaremos del asco, ya.

Yo.
Isabel Romana ha dicho que…
La capacidad evocadora de tus palabras es tremenda. Me gusta mucho, te lo he dicho varias veces, pero no me cansaré de repetirlo. Deberías prodigarte un poquito más, querida amiga. Me encanta esta comunión con la naturaleza. Besitos.
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Hola Isabel.
De nuevo darte las gracias por tu comentario. Me alegro que te guste...
Sé que soy bastante inscontante en escribir en el blog, pero estoy en una etapa un poco complicada (no es más que por trabajo).
Sin embargo, tus comentarios me dan ánimos para intentar ser más constante.
Voy a intentar postear una vez por semana,en un día fijo: los martes. A ver qué tal así.
Y de nuevo, muchas gracias por visitarme, leer y comentar con tanto cariño.
Ya hablaremos tú y yo, porque me tienes que contar si hay algún proyecto tuyo para escribir novela... Porque material, documentación e inspiración te sobran.
Un abrazo, Isabel
SirenaVarada ha dicho que…
Mª Antonia, la que escribes es, sin duda, una historia envolvente.
Esa mujer sola, de otro tiempo; esa que no sabe si ríe o si llora, me recuerda a todas las mujeres... ¿Qué mujer no siente que fue niña hasta ayer?
Mª. Antonia Moreno ha dicho que…
Hola sirenavarada...

gracias por tu comentario y tu visita