Esto de escribir es un misterio, es un mapa que señala las rutas del tesoro o los caminos de una isla repleta de caníbales (de dos metros y medio). Comienzas con la idea inconfesable (y vanidosa… muy vanidosa) de querer escribir la historia (Sabina dice eso de la canción, pero es lo mismo) más hermosa del mundo. Y te sale otra cosa, algo parecido a esto que escribo ahora. La idea es describir el aire burbujeante y la fragancia de los arbustos y, de pronto y por sorpresa, el mapa no sirve, la rosa de los vientos está estropeada y tus manos se mueven directamente desde el corazón. Y la historia ya no es hermosa, ni bonita, ni nada, ni siquiera es historia, ni canción. Pero has escrito unas cuantas líneas, (puede ser que hayas escrito algo parecido a esto) y te preguntas el porqué, dónde está el misterio.
Sí. Ya. Desde que alguien comenzó a escribir, a descifrar lo que sentía, lo que imaginaba, a enfrentarse con el papel en blanco que para unos fue un pergamino y para mí es el lienzo electrónico del ordenador, que para unos es una delicia y para otros es una tortura, desde que en la arcilla alguien grabó sus primeros pensamientos, desde entonces, se ha escrito tanto y se ha hablado tanto del supuesto misterio. Quizás demasiado.
Pero… ¿y el miedo? Hay temporadas en que no puedes escribir, por mil razones, ninguna válida del todo; porque no tienes tiempo, porque las palabras se atascan en la mitad del pecho, porque no encuentras la música ni el lugar adecuados, porque la historia que pensabas que iba a ser el atlas más maravilloso del mundo no pasa de ser unos garabatos de boli azul en una servilleta de bar. Y tienes miedo. Miedo de escribir tonterías, miedo de no ser capaz de juntar dos palabras, miedo… Es entonces cuando (a mí me funciona, a veces) piensas en que no tiene importancia. Y a ver que sale. Y que es un juego, y quieres jugar y zambullirte de cabeza en el papel en blanco, en la arcilla, en la corteza de abedul. Y dibujar, y pintar, y escribir líneas y palabras hermosas (almizcle, jacarandá, pájaro) y tal vez ya no escribas la historia (o canción) más hermosa del mundo pero es tu historia (o tu canción). Con el permiso de Sabina.
Sí. Ya. Desde que alguien comenzó a escribir, a descifrar lo que sentía, lo que imaginaba, a enfrentarse con el papel en blanco que para unos fue un pergamino y para mí es el lienzo electrónico del ordenador, que para unos es una delicia y para otros es una tortura, desde que en la arcilla alguien grabó sus primeros pensamientos, desde entonces, se ha escrito tanto y se ha hablado tanto del supuesto misterio. Quizás demasiado.
Pero… ¿y el miedo? Hay temporadas en que no puedes escribir, por mil razones, ninguna válida del todo; porque no tienes tiempo, porque las palabras se atascan en la mitad del pecho, porque no encuentras la música ni el lugar adecuados, porque la historia que pensabas que iba a ser el atlas más maravilloso del mundo no pasa de ser unos garabatos de boli azul en una servilleta de bar. Y tienes miedo. Miedo de escribir tonterías, miedo de no ser capaz de juntar dos palabras, miedo… Es entonces cuando (a mí me funciona, a veces) piensas en que no tiene importancia. Y a ver que sale. Y que es un juego, y quieres jugar y zambullirte de cabeza en el papel en blanco, en la arcilla, en la corteza de abedul. Y dibujar, y pintar, y escribir líneas y palabras hermosas (almizcle, jacarandá, pájaro) y tal vez ya no escribas la historia (o canción) más hermosa del mundo pero es tu historia (o tu canción). Con el permiso de Sabina.
